Mi amigo de madera


Fuerte, de quizá cinco metros de altura —sin contar las ramas que se podaban cada seis meses— y con tres generaciones por encima de mí, el inolvidable gordo del parque estuvo siempre cerca. Casi dieciocho años de travesuras, golpes, chismes, temblores, peleas y un sinfín de experiencias quedaron escritos en las hojas de vida de un políglota, autodidacta y genio de ciencias aún no descubiertas.

Pasé a su lado por lo menos mil veces en mi niñez; me senté en su regazo otras cuatrocientas, y aún resistía, firme. En mi adolescencia, fue motivo de cientos de concursos para ver quién llegaba más alto. A veces se molestaba, y quería vengarse de los niños que lo maltrataban por puro gusto. Un día, una de sus ramas cedió y golpeó a un niño; siempre pensé que se había molestado por tanto alboroto a su alrededor. Lo que nunca imaginé fue qué sería del parque sin él.

Creo que habría sido justo nombrarlo mi padrino de iniciación: estuvo allí, testigo de mi primer beso, y aplaudió con sus ramas el otoño en que volví a enamorarme. Compartió conmigo, entre los dedos, unos seiscientos cigarrillos; fue parte del barrio —en las peleas, en las reuniones— y tatuó en su piel mil nombres de amores hoy insulsos y sin sentido. Nos quiso tanto, a nosotros, los muchachos de siempre, que permitió que colgáramos de su tronco un destapador para facilitarnos el trabajo con las botellas y cuidar nuestra sonrisa ya algo desdentada.

Caballero de andar estático, tú, que conociste el sentido de la amistad más pura, guardaste secretos de Estado y callaste las mataperradas de quienes nunca te trataron bien. Te extraño. Hoy, en tu lugar, hay una virgen, quizás más callada y ausente
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